El nuevo horror mexicano

Hace algunos años, con motivo del lanzamiento de Kilómetro 31 (Rigoberto Castañeda, 2007), escribí un texto acerca de un posible y deseable nuevo brote de cine de horror mexicano. No pasó de inmediato, pero en estos años está por fin sucediendo de manera innegable.

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Basta revisar las páginas de algunos de los festivales dedicados al horror en México para darnos cuenta de lo variado de su producción y al mismo tiempo lo lamentable que resulta no poder acceder a la mayoría de estas fuera del circuito de festivales y algunos cineclubes. Algunas más han encontrado apoyo económico para un lanzamiento en salas comerciales, pero de éstas, pocas con la calidad y técnica que merecería tener un trabajo cualitativo para generar público, tómese por ejemplo el aberrante refrito de Más negro que la noche (Bedwell, 2014) o Visitantes (Coen, 2014), los cuales contribuyen (y me consta, lo he comprobado por testimonio directo de muchas personas) a mantener viva la idea de que todo el cine de terror hecho en nuestro país es malo.

Pero no me voy a referir a estas últimas, sino a cinco ejemplos que dan cuenta de la vitalidad del género. La selección es obviamente personal y limitada a lo que he podido ver, seguramente habrá omisiones imperdonables, pero también ello es un reflejo del problema que implica la distribución de películas y más las de este tipo.

En 2010 se estrenó Somos lo que hay, ópera prima de Jorge Michel Grau que rápidamente ganó la atención de público y crítica por su lúgubre ambientación para la historia de una familia lumpen la cual al morir el padre se ve en la necesidad de continuar por sí mismos con las labores alimenticias y rituales, que incluyen canibalismo. El entusiasmo generado fue tal que pronto Hollywood volteó los ojos hacia el trabajo del director, lo cual le permitió no sólo hacer algunos de sus siguientes proyectos del otro lado de la frontera, sino que también se hiciera un remake (bueno, por cierto) de su película.

En ese mismo año hace su aparición como director un personaje que se ha convertido en uno de los motores principales del horror mexicano, Lex Ortega. Como él mismo cuenta, un día pensaba en cómo escucharía un zombie y, siendo ingeniero de sonido, trabajó la idea con apoyo de amigos y el resultado fue Devorar, un cortometraje en el cual un personaje recién convertido en zombie ataca a una mujer que grita aterrada por su presencia, lo cual le desquicia. Al año siguiente Lex participa en la preselección para la película ABC’s of Death y gana el quinto lugar con T is for tamales, la cual retoma la historia real de una mujer la cual cansada de los maltratos de su marido decide matarlo y convertirlo en ricos tamales (de alguna manera debería contribuir al sostén del hogar el tipo ¿no?). En 2015 estrena Atroz, película realizada a partir de otro corto suyo del mismo nombre que ha despertado entusiasmo en buena parte del mundo por su escalofriante clasificación como “la película más brutal filmada en México”.

Alucardos – Retrato de un vampiro (2011) es un documental fuera de lo común por completo. Lalo y Manolo son dos jóvenes cuya obsesión con Alucarda (1977) los lleva a rastrear el paradero de su director, Juan López Moctezuma, hasta dar con él en un hospital siquiátrico de donde lo rescatan. Si esta línea argumental no parece suficiente, en paralelo descubrimos a las increíbles personalidades de ambos protagonistas y un retrato en perspectiva del creador mexicano, enmarcados en soportes fantásticos que mezclan videos caseros, entrevistas lo mismo con Monsiváis que con Ayala Blanco, recreaciones dramáticas teatralizadas… en resumen: una película demencial y fascinante, el prometedor debut de Ulises Guzmán, quien sigue sin decepcionar con sus obras posteriores.

Luego de un brillante inicio en Argentina con películas que le valieron ser comparado con grandes maestros del horror, Adrián García Bogliano viaja a México para filmar en Tijuana su décima película, Ahí va el diablo (2012) en la cual un par de niños se extravían en una cueva durante un paseo familiar y cuando regresan… ya no son los mismos. Es una cinta de posesión que evade con fortuna los clichés (no todos) de las cintas de este subgénero; la sucesión de escenas va ganando en suspenso de forma natural, casi sin usar efectos especiales, lo cual es toda una virtud. El director ha continuado su labor en Estados Unidos (Late Phases, 2014) y de regreso en México, donde en estas fechas se está moviendo su más reciente trabajo, Scherzo Diabólico, también recibido con críticas favorables.

Vuelve a aparecer en esta lista Lex Ortega, ahora como artífice de México Bárbaro, una antología conformada por ocho cortometrajes de horror dirigidos por igual número de directores quienes se explayan para hacer un recorrido por diferentes aspectos de la tradición mexicana y las variadas formas del cine de horror. Como buena colección, la calidad es variada mas no por ello menos interesante, lo mismo encontramos ritos antiguos que seres sobrenaturales, el viejo del costal o alushes diabólicos. Tan efectivo ha resultado el ejercicio que ya se está filmando la segunda parte con siete directores distintos (Lex repite) y cuantos participaron en la primera han continuado carrera en la misma línea, algunos hacia su ópera prima. Lo mejor de todo: ya se encuentra disponible en Netflix.

Este año viene con muchas opciones que esperemos pronto lleguen a provincia, títulos como Ladronas de almas, de Juan Antonio de la Riva; Tenemos la carne, de Emiliano Rocha; Los parecidos, de Isaac Ezban (aunque no es precisamente de horror) y un montón de largos y cortometrajes que bien vale la pena buscar. Como señalaba líneas arriba, la selección aquí presentada es bastante limitada, apenas un bocado para tratar de inducirlos al cine mexicano por vía de su vena más oscura, la de la sangre oscura, la noche cerrada y los lamentos espectrales.

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