El Guardián de las Sombras

La “puesta en abismo” siempre resulta una interesante forma de reflexión interna, pues la misma no solamente devela los artificios creativos de su autor, sino que amplía la cualidad polisémica de una obra. De esta manera, las posibilidades de interpretación y goce de una puesta en escena como El guardián de las sombras, de Caín Coronado, se ven enriquecidas.

guardian

Lear, un viejo director escénico, vive en el abandonado teatro con el cual vivió glorias conjuntas, para decirlo en lugar común, es una sombra de sí mismo. Pero no está solo: un día encuentra entre las ruinas una sombra que ha perdido a su correspondiente. Tal vez para paliar un poco la soledad, Lear la acoge, aunque pronto corre tal fama y otras sombras le piden integrarse a su imagen, a lo cual, sin saber bien por qué, accede hasta que un día entiende su propósito: las sombras serán su nueva compañía artística, y así comienza una relación en espiral en la cual les narra historias para motivarles, luego representan otras y el efecto les lleva al éxito público. Pero hay algo que le falta al creador, una parte de su corazón, la hija de la cual –Como el Rey Lear shakesperiano- un día abjuró con furia y con el doloroso remanso de los años, ha aprendido fue su peor error.

La obra se convierte en espiral al incluir narrativa teatral dentro del desarrollo de las acciones , lo cual se confirma con el final circular, indicantes siempre de perpetuidad de la historia, en este caso con posibilidades de variación tan amplias como en la enunciación de los estudiosos de los mitos quienes señalan sólo existe una historia que se repetirá infinitamente. Podemos reconocer e interpretar así a cada uno de los personajes -principalmente a Lear y su hija Cordelia- como seres míticos cuya carga de sentido va más allá de la simple relación parental, que sería el mero nivel textual de la historia. A partir de ahí podríamos hacer un recorrido tan llano o profundo como fuese la necesidad en torno al teatro, a las relaciones familiares, a la narrativa, las variables de la dramaturgia contemporánea. El texto que ahora escribo no intenta hacer eso. Lo único a profundizar es en la importancia de ver esta obra con los ojos abiertos.

Caín Coronado, director, dramaturgo y diseñador de espacio –es decir, imaginante absoluto- de la obra, se comunica con nosotros de una forma en apariencia no dirigida pero que lleva mensajes directos a su familia, compañeros de andanzas teatrales, la vida, el arte y su propia relación con el teatro, la cual sin embargo no podríamos juzgar como buena o mala, esta es su reivindicación con la existencia. Y también su consagración como director. Las referencias a su propia historia contenidas y contrastadas en los relatos que hace Lear sobre “Pescar Águilas” y “Pueblo rojo, gorriones en el desierto” están trazados de una manera que permite fácil continuidad de lectura por gran público, pero conversa directamente con las etapas de vida del autor.

Las actuaciones no tienen tacha alguna: Mauricio Gerling, Irma Hermoso Luna, Diana Fidelia, José Gaytán y Víctor Cuellar están todos correctos y adentrados en la piel de quienes representan así como en la manera que se desdoblan para darle continuidad a la mencionada puesta en abismo.

Respetando sus intereses creativos y temáticos, Caín llega a la madurez artística –ya preconizada- con esta pieza que va de la construcción composicional de “chiflidito” de José Alfredo Jiménez, a los intrincados vericuetos de la sociedad isabelina de Shakespeare.

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