Chicas kaláshnikov y otras crónicas

“Creo que a víctimas y victimarios deberíamos escucharlos por igual; a unos para exigir justicia, para no dejarlos en la fosa común de la desmemoria, y a los otros para saber qué  ronda por su cabeza, y si es verdad que tienen alma”, señala Alejandro Almazán en la introducción de Chicas kaláshnikov y otras crónicas.

Almazán

Es un esfuerzo por dotar a la sociedad con una de las herramientas más importantes en estos tiempos, la información. No es narrar amarillismo, ni se trata de espantar gente ni mucho menos de sencionalismo, la única cuestión que debe de prevalecer es narrar con veracidad, verdad y con mucho respeto para el entrevistado como para el que lee. Es decir las cosas que nos ocurren, que ocurren en otro lugar, que le ocurre a alguien más, no para intimidar ni para escondernos en nuestras casas, es para que nadie nos arrebate algo más de nuestra vida. Es para no regresar a las penumbras y esperar como por arte mágico lo mejor. Y como en muchas de las historias, siempre hay la otra versión. No se trata de buenos, malos, héroes o villanos, si no de personas.

¿Cómo llegas al periodismo? ¿Cuándo descubres que es a lo que te quieres dedicar?

Papá trabajaba en Excélsior, era formador, lo que hoy sería un diseñador. Mi segundo patio fue Excélsior, así  que supongo que de ahí vino algo. Pero de donde creo haber consolidado la idea fue de la boca de mamá. Ella tenía una tienda de abarrotes y la gente le contaba todo: sus desgracias, sus risas, sus esperanzas. Era como si mamá fuera la jefa de información y la tienda se convirtiera en una redacción.

¿Cómo fue estar frente a una chica kaláshnikov?

Si estuvieras frente a una sicaria no lo notarías. Es igual a cualquier otra mujer. Yo creo que de esa percepción parte todo: si llegas o no con miedo, si la mitificas, si la ensalzas o si la tratas como cualquier hijo de vecino. A dos de las chicas que entrevisté, una colega les había regalado mi primera novela (Entre perros, 2009), así que cuando las conocí ellas ya sabían lo que estaba buscando: su vida, sin crucificarlas, sin aventarlas a los tiburones.

¿Cuál ha sido la gran experiencia de narrar hechos violentos en el país?

No es fácil ir a contar la violencia. Las historias te arruinan. Mi terapeuta dice que debería dedicarme a otra cosa, pero yo insisto en hablar de la muerte. Quizá porque cuando tenía seis años vi a mi primer muerto; quizá porque he estado rodeado de la violencia; quizá porque, como dice mi terapeuta, trato de reivindicar a mi bisabuelo; quizá porque busco la razón de que algunos de mis amigos estén muertos. Lo que sí sé es que narrar la violencia me ha hecho más consciente de que a este país sólo podremos salvarlo los ciudadanos.

¿No te da miedo meterte en esos temas?

El miedo siempre está ahí, no se va, convives con él. Él te amaina, te orienta, te acompaña como un buen amigo.

¿Qué crees que cambiará en el lector al término del libro Chicas kaláshnikov y otras crónicas?

Mi única intención, cuando tecleo, es que el lector sepa que la violencia no está tan lejana, que puede tocar su puerta en cualquier momento y que debemos hacer algo. ¿Cambiará algo en ellos? Yo esperaría que sí, pero la indolencia es de cada uno.

¿A qué se va a enfrentar, qué va a leer en él?

Va a encontrar a seres humanos que se dedican a matar o a darle la vuelta a la muerte. Seres humanos a los que quizá  entienda, pero no justifique. Leerá historias que me gustaría fueran ficción, pero que lamentablemente son del México que se está  llevando la chingada.

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