Shame y las luces de una ciudad desnuda

Por: Adrián Ibelles
parismaul@hotmail.com

Sentirse incompleto. Sentirse solo. Sentirse vacío o sentirse muerto. Al fin y al cabo humanos. Reconocer estos sentimientos, provocarlos es lo que mejor hacen Steve McQueen y compañía, en una cinta que decanta la felicidad, el placer y el goce para dejarnos la insatisfacción, la apatía, el desgano del sexo. Shame es eso, pero no trata solamente de un sujeto con adicción sexual: trata de la complejidad de las relaciones; el guión nos lleva por un discurso profundo en torno a la idealización de la interacción, del amor o las parejas. La psicología de los personajes choca de forma estruendosa y violenta, y podemos encontrar una agudeza poco recurrida para provocar esa ilusión de apropiamiento de la situación.

Con cada minuto que pasa en la película, se siente un personaje cada vez más hundido, más pervertido por sí mismo, por su situación. Quebrar los límites es algo que McQueen y un fantástico Michael Fassbender hacen a la perfección.

Las actuaciones son soberbias, memorables, y sobre todo poseen ese toque de naturalidad, ese dejo de empatía o de proyección: no del espectador, sí de sus fantasías. Las tomas son poéticas, proponiendo una tensión increíble, disfrutable e incómoda a la vez, si se permite el oxímoron. La música ambienta el caos, o la paz. El discurso visual, el recurso narrativo, terminan por tasajear la moral, por decapitar y recrear nuestros demonios.

Me parece increíble que los premios internacionales dejaran fuera de toda competición a Shame, parece un insulto haber ignorado una película que provee al cine un tono rebelde, que igual de profana es hermosa, y que finalmente es un deleite de esos difíciles de encontrar, sobre todo por lo que provoca, por ese sabor que te deja ver el abismo de la soledad.

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