A la batalla como Despereaux
Durante la época victoriana hubo una explosión generalizada entre los nobles por adoptar ratas y ratones como mascotas. Incluso la reina Victoria tenía su propia colección de hamsters según tamaño y color. Quizá de ahí procedan categorías como: los pura sangre de los ratones, es decir, los “Himalaya, perlados canela, azules o plateados” (Iglesias, 2009) cuyo costo es elevado e irreprochable.
También podría ser por su semejanza con los humanos que les hemos permitido ingresar en nuestro mundo para convertirse en nuestros amigos, porque son temerosos e inofensivos, no como las ratas rabiosas cuya sola imagen en la mente pondría a temblar al mejor bragado.
Con todo y pertenecer a la familia de los roedores, los ratones siempre han despertado en mí diversas reflexiones, casi fascinantes. En primer lugar, me hacen pensar en esa capacidad humana para la reproducción, esa insaciable necesidad de vernos en todas las versiones posibles e insospechables de nuestros genes.
En segundo lugar está esa proclividad espantosa hacia la domesticación del miedo, ya sea para divertirnos, para controlarnos, para unirnos, pero nunca para rebelarnos de manera explícita y certera contra los grupos dominantes en pleno, porque somos, digamos, mascotas tiernas e indefensas, así como ratones contemporáneos.
Todavía mayor indicio de semejanza con ellos se encuentra en esa manera de evitar a toda costa la mezclar indiscriminada de machos con hembras. Tal como se ha hecho en nuestra sociedad con la creación de escuelas femeniles o varoniles, de instituciones civiles o sociales, para evitar ya sea reproducciones exacerbadas e imparables o peleas por competencias de origen sexual. Para quien lo ignore eso también se hace entre los ratones para domesticarles mejor y más rápido.
Hace poco veía Despereaux, un ratoncito valiente y reflexionaba sobre el mensaje de dicho film; en las semejanzas de las sociedades humanas con las de los pequeños roedores. El humano tan evolucionado, tan egocéntrico pero tan primitivo como un cuadrúpedo inferior. Si bien es cierto que nacemos libres de conciencia, de miedos, también hemos construido una sociedad en donde quien no teme merece no sólo ser execrado sino la pena máxima. Así como en el film quien siga de largo frente al miedo y mire con cierto desdén el de otros será un ser señalado en esta sociedad. Más aún si persigue un bien para quienes no sean sus iguales como sucedió con Despereaux y su hermosa princesa Pea, en la profunda analogía de las relaciones entre quienes pertenecen a diversa condición o clase social.
Otra analogía que destaca es esa forma casi milagrosa gracias a la cual Despereaux se llena los ojos de hazañas, de mundos ajenos, espectaculares, mejores, en donde se lucha contra dragones, monstruos de dos o tres cabezas y se consigue una meta: salvar a una princesa. En nuestro mundo bien podría ser la preservación de esa era ingenua en la que éramos individuos enamorados de la bondad, del amor, pero sobre todo de la verdad. En donde la búsqueda principal de la felicidad personal no era un impedimento para contribuir con el bienestar de los demás, como ahora sucede, en un mundo donde se secuestra niños para prostituirles o enviarles a la mendicidad.
Ojalá fuéramos como ese pequeño ratoncito que va en pos de su princesa, ayuda al rey, salva a dos pueblos, el suyo y el de los humanos, y de paso le da una lección a las bribonas ratas. En donde cosa curiosa, también hay un elemento atípico como él, el pobre Roscuro Al final, en ese espacio fictivo, el ser diferente no ha resultado un motivo de vergüenza sino de orgullo. Ahora bien, en el plano humano este tipo de enseñanzas son dirigidas, por fortuna, a un público tierno que algún día tendrá la posibilidad de ponerlo en práctica, porque cada vez menos pueden decir que han ido en pos de la batalla como el pequeño Desperaux.
IGLESIAS, Isabel. (2009): “Ratones como mascotas”. Recuperado el 29 de diciembre de 2009, en http://www.amordemascota.com/article168.html







