Francisco Hernández, su vida con la perra

Originario de San Andrés Tuxtla, Veracruz. De ingeniero a publicista, pero siempre escritor. Su poesía hay que leerla en voz alta porque es como una fotografía musicalizada, cada imagen provoca en el lector un espasmo visual y sonoro. Hoy, Hernández juega con una perra llamada Depresión y narra su historia en Mi vida con la perra, su más reciente obra. Francisco sabe crear y recrear palabras, sumergirse en ellas, porque su mano no suelta la pluma… hasta que el verso queda.
El escritor en Francisco Hernández, ¿cómo nace?
–El niño lector se convierte en un imitador de las escasas lecturas que tiene a la mano. Digamos que había, en una casa veracruzana de aquellos tiempos, el inevitable libro de Díaz Mirón y, por lo tanto, uno de Rubén Darío y a partir de esos dos pilares viene el proceso de imitación, es decir, los leo, me gustan y en secreto empiezo a escribir mis versitos. Así es realmente como empiezo, para nada la idea de convertirme en un escritor… creo que apenas, con veinte libros publicados, puedo decir ‘sí, soy escritor’, lo que no me cabe en la cabeza todavía y me es muy difícil aceptar es si soy poeta, eso es algo que me queda muy lejos. Por ejemplo, al leer a Emily Dickinson, una carta que le escribió a Higginson en 1862, lo que me provocan esas dos líneas es una reacción física en todo el cuerpo y así puede medirse la poesía. En la carta se ve que el Sr. Higginson le preguntó cómo era ella, porque no le gustaba que le tomaran fotografías, y dice “soy pequeña como un reyezuelo, de cabello rebelde como el caparazón de las castañas, de ojos cuyo color recuerda el jerez que queda en la copa del invitado”, cada vez que lo leo me provoca una reacción que, me imagino, es la poesía… yo dudo que lo que escribo le provoque una reacción similar a alguien.
¿Cómo conviertes un elemento cotidiano, por ejemplo los gatos, en una figura literaria?
–No son más que pretextos, aunque claro, el gato es una figura literaria de hace mucho tiempo, desde que se empieza a escribir el gato está ahí, pero en mi caso sí es simplemente una figura, porque yo nunca tuve gatos, que me sirvió de pretexto para escribir poemas de amor sobre una gata, como en el libro Mi vida con la perra, tampoco tuve perros, no sé nada absolutamente de perros, entonces cómo escribo un libro sobre la depresión que no resulte deprimente y escribí, alguna vez, algo sobre la perra depresión, calificándola.
Es recurrente en tu poesía que tomes frases hechas y las hagas tuyas, ¿cómo se da este proceso?
–De hecho así surgió lo de la “Perra Depresión”, el refrán es “de que la perra es brava, hasta los de casa muerde”, le cambié perra por depresión y de ahí salió la idea de escribir el libro. Todo esto viene de mi pasado como publicista, trabajé 29 años como redactor de publicidad y eso te hace continuamente estar jugando con las palabras.
¿Qué es más complicado la creatividad condicionada, como el caso de la publicidad, o la creatividad libre?
–Desde luego la creatividad obligatoria, Aldous Huxley decía que era más fácil escribir diez sonetos más o menos pasables, que un buen comercial en 20 segundos que convenciera a mucha gente de comprar algo que ni siquiera necesita, ahí cada palabra cuenta y, además, lo tienes que hacer como cinco veces al día y diario [los textos] tienen que ser atractivos, originales, convincentes y vendedores, en cambio en la literatura, en la poesía lo hago a la hora que quiero y en la forma que quiero o puedo, pero no estoy sometido a reglas o tiempos, aunque con las becas, gracias a las cuales no trabajo en publicidad, sí te dicen ‘tiene 6 meses o un año para escribir un libro’, de alguna manera sigo trabajando con un esquema aprendido en la publicidad.
Un elemento muy recurrente en tu obra es la fotografía, ¿por qué?
–Volvemos al ejemplo de los gatos y los perros, jamás he tenido una cámara fotográfica, tuve una que me encontré en un restaurante de Oaxaca, la única que he tenido, con la que tomé dos o tres fotos y se la regalé a uno de mis hijos, sin embargo, hay un elemento de fascinación para mí en la fotografía, me encanta estar viendo fotos y luego escribir sobre ellas, me provoca… ahí está el libro Diario sin fechas de Charles B. Waite, a partir de un señor que fotografiaba niñas. He dado talleres que se llaman Puetografías, les pongo de tarea que traigan un texto sobre una fotografía. No puedo dejar de trabajar con elementos gráficos, es algo que se metió en mi vida.
También has escrito sobre músicos, ¿cómo es que la música inspira tu obra?
–El libro sobre Robert Schuman salió de oír en una tienda de discos algo que me provocó un estremecimiento, similar a lo que leí de Emily Dickinson, y me acerqué a preguntar de quién es eso que estoy oyendo, me dijeron ‘un cuarteto de Robert Schuman’, lo pedí y no había en la tienda, entonces empezar a buscarlo, encontrarlo, buscar información y escribir algo sobre la vida de ese creador que había compuesto esa música, que me había provocado ese estado de éxtasis. En el Diario Invento hay textos breves sobre música afroantillana que me gusta mucho. Es algo muy frecuente y está disperso en los libros o en los periódicos, escribí tres años y medio en el periódico Milenio, una columna todos los viernes, y ahí hay varios textos sobre música.
¿Qué requisito debe tener una persona para convertirse en uno de tus textos?
–Cierta familiaridad, similitud, o al menos yo así lo siento, entiendo poco de la vida de Emily Dickinson o Rubert Schuman, pero tienen algo en común, ese aislamiento, esa locura, ese gusto por la autodestrucción, todo eso me atrae mucho, aunque en Imán para fantasmas hay otras tres personas [Aimé Césaire, Octavio Paz y Salvador Díaz Mirón] y ahí lo que funciona es la admiración.
¿Tienes algún ritual para escribir?
–No, puedo escribir en cualquier parte. Tengo un libro que se llama Soledad al Cubo y lo empecé a escribir porque estaba en el cine viendo El cubo. No necesito un lugar especial.
¿Cuáles son tus miedos?
–Quedarme solo absolutamente, sin dinero para seguir manteniéndome, quedarme enfermo de algo como alzheimer y ser una carga para mis hijos, y que no le interese a ninguna mujer ya en la vejez, que se aproxima a grandes pasos, y entonces tenga que vivir solo, ser un candidato al suicidio como única solución.
¿Es la poesía una amante agradecida?
–Conmigo sí, creo que me ha dado más de lo que merezco, quizá simplemente porque me he tirado un clavado en ella. Me ha ido muy bien, si nos ponemos a contar los premios, las becas, los libros publicados no tengo nada de qué quejarme, para mí ha sido una tabla de salvación, un pretexto para seguir viviendo, algo que hace la vida más agradable con toda la desesperación que te pueda provocar también.
Francisco te mira a los ojos cuando habla, es sereno, cálido. Escucharlo leer en voz alta equivale a un estremecimiento mayúsculo. Al finalizar la entrevista me obsequió un libro y antes de entregármelo lo firmó. No pude más que mirar sus manos, mientras recorrían el papel bajo la tinta, y preguntarme cómo un hombre capaz de escribir semejantes versos cree que no provoca sensación alguna en sus lectores… No sabe, y tampoco se lo dije, cuantas lágrimas he derramado evocando sus poemas.
Obra y premios
Ha publicado casi veinte libros, entre los que destacan Poesía Reunida, Antojo de trampa, Soledad al cubo, Las gastadas palabras de siembre, El corazón y su avispero, Imán para fantasmas y Diario sin fechas de Charles B. Waite. Ha obtenido premios como el Nacional de Poesía Aguascalientes 1982, el Carlos Pellicer 1993, el Xavier Villaurrutia 1994 y el internacional Jaime Sabines 2005.








además de acordarme de ese día o recordar lo buenos que son tus reportajes, lo chido fue que empecé a leer al mismo tiempo que mi reproductor me regalaba Watermelon in easter hay. Snif.